Las Profecías del Apocalipsis

Capítulo 3 · "He Aquí, Yo Estoy a la Puerta y Llamo"


El mensaje a Laodicea

Vers. 14-22: Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí dice el Amén, el testigo riel y verdadero, el principio de la creación de Dios: Yo conozco tus obras, que ni eres frío, ni caliente. ¡Ojalá fueses frío, o caliente! Mas porque eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo; yo te amonesto que de mi compres oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas, para que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo: sé pues celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

La iglesia de Laodicea "Laodicea" significa "el juicio del pueblo," o según Cruden, "un pueblo justo." El mensaje dirigido a esta iglesia presenta las escenas finales del tiempo de gracia. Revela un plazo de juicio. Es la última etapa de la iglesia. Por consiguiente se aplica a los que han creído en el mensaje del tercer ángel, el último mensaje de misericordia que se proclame antes de la venida de Cristo. (Apocalipsis 14:9-14.) Mientras se realiza la obra del gran día Je expiación, y progresa el juicio investigador referente a la casa de Dios, hay un período durante el cual la iglesia que aguarda, observa como regla de vida la santa y justa ley de Dios.
"He aquí dice el Amén." Este es pues el mensaje final dirigido a las iglesias antes del fin del tiempo de gracia. La descripción que se hace de los indiferentes miembros de Laodicea es sorprendente y terrible. Sin embargo, es innegable, porque el Testigo es "fiel y verdadero." Además, es el "principio de la creación de Dios." Basados en este lenguaje, algunos han intentado sostener el error de que Cristo es un ser creado, cuya existencia es anterior a la de cualquier otro ser o cosa creada, es decir que sigue en orden al Dios eterno y existente de por sí. Pero el lenguaje no implica que fuera creado; porque las palabras "el principio de la creación" pueden significar simplemente que hablando estrictamente él inició la obra de la creación. "Sin él nada de lo que es hecho, fue hecho." Pero otros, parece con más propiedad, interpretan la palabra arché como significando el "agente" o "causa eficiente," que es una de las definiciones de la palabra, y entienden que Cristo es el agente por medio del cual Dios creó todas las cosas.
La causa de queja. La acusación presentada contra los laodicenses es que son tibios, ni fríos ni calientes. Carecen de aquel fervor religioso y de aquella devoción exigidas por su situación en el momento final de la historia del mundo y por el hecho de que resplandece la luz de la profecía sobre su senda. Esta tibieza se demuestra por la falta de buenas obras, porque es el conocimiento de sus obras lo que induce al Testigo fiel y verdadero a presentar esta terrible acusación contra ellos.
"¡Ojalá fueses frío, o caliente!" En este mensaje se presentan tres condiciones espirituales: la fría, la tibia y la caliente. Es importante determinar qué representa cada condición, a fin de precavernos contra las conclusiones erróneas. Se han de considerar tres condiciones espirituales que afectan a la iglesia y no al mundo. No es difícil concebir lo que significa el término "caliente." En seguida la mente evoca un estado de celo intenso, cuando todos los afectos, elevados a la mayor tensión, se encauzan hacia Dios y su causa, y se manifiestan en las obras correspondientes. Ser tibio es carecer de ese celo, es estar en una condición en que falta fervor en el corazón, en que no hay abnegación, no se lleva cruz alguna, no se testifica resueltamente por Cristo, y ninguna agresión valiente mantiene brillante la armadura. Lo peor de todo es que implica completa satisfacción con esa condición. Pero ser frío, ¿qué es? ¿Denota un estado de corrupción, impiedad y pecado, como el que caracteriza el mundo de los incrédulos? No podemos considerarlo así por varias razones:

Nos repugnaría representarnos a Cristo como deseando, cualesquiera que fuesen las circunstancias, que ciertas personas se hallasen en tales condiciones, porque dice: " ¡Ojalá fueses frió, o caliente!" Ningún estado puede ofender más a Cristo que el del pecador en abierta rebelión, con el corazón lleno de todo mal. Sería por lo tanto incorrecto representarse a Cristo como prefiriendo aquel estado a cualquier situación en que sus hijos puedan estar mientras siguen siendo suyos.

En el vers. 16, amenaza con desecharlos porque no son ni fríos ni calientes. Es como decir que si fuesen fríos o calientes, no serían rechazados. Pero si frío representara un estado de abierta impiedad mundanal, serían rechazados muy prestamente. De ahí que tal no pueda ser el significado.

Nos vemos obligados a concluir que en estas palabras nuestro Señor no se refiere a los que están fuera de su iglesia, sino que menciona tres grados de afecto espiritual, dos de los cuales le son más aceptables que el tercero. El calor y el frío son preferibles a la tibieza. Pero ¿qué clase de condición espiritual denota el término "frío"? Podemos observar en primer lugar que es una condición de sentimiento. En este respecto es superior a la tibieza, que es un estado de comparativa insensibilidad, indiferencia y suprema satisfacción consigo mismo. El ser caliente es también un estado de sentimiento. Como el "calor" denota un fervor gozoso, un ejercicio vivo de todos los afectos, con un corazón rebosante de la sensible presencia de Dios y su amor, el "frío" parecería denotar una condición espiritual que se caracteriza por la falta de estos rasgos, aunque en dicha condición la persona siente esta falta. Este estado queda bien descrito por el lenguaje de Job: "¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!" (Job 23:3.)

En este estado no hay indiferencia, ni hay contentamiento, sino una sensación de frialdad, incomodidad y falta de preparación. Se busca algo mejor. Hay esperanza para una persona que se halle en tal condición. Cuando un hombre siente que le falta algo y lo desea, se esforzará por obtenerlo. El rasgo más desalentador de los tibios es que no sienten falta ni necesidad de algo. Resulta pues fácil comprender por qué nuestro Señor preferiría ver a su iglesia en una condición de frialdad incómoda, más bien que en una condición de cómoda tibieza indiferente y fácil. La persona no quedará mucho tiempo fría. Sus esfuerzos no tardarán en conducirla a una condición férvida. Pero si es tibia, corre el peligro de permanecer así hasta que el Testigo fiel y veraz se vea obligado a rechazarla como causa de náuseas y repugnancia.

"Te vomitaré de mi boca" Aquí la figura se lleva más adelante, y el rechazamiento de los tibios queda expresado por las náuseas que ocasiona el agua tibia. Esto significa un rechazamiento final, una completa separación de su iglesia.
"Rico, y estoy enriquecido." Así piensan los laodicenses que es su condición. No son hipócritas, porque no saben que son pobres, miserables, ciegos y desnudos.
La amonestación "De mí compres," dice el verdadero Testigo, "oro afinado en fuego, para que seas hecho rico, y seas vestido de vestiduras blancas; . . . y unge tus ojos con colirio, para que veas." Esto muestra en seguida a los engañados laodicenses las cosas de que carecen, y el grado de su indigencia. Les muestra también dónde pueden obtener aquellas cosas en que son tan terriblemente pobres, y les presenta la necesidad de obtenerlas rápidamente. El caso es tan urgente que nuestro gran Abogado ante el tribunal celestial nos envía un consejo especial al respecto. El hecho de que el que ha condescendido a señalarnos nuestras faltas y a aconsejarnos lo que hemos de comprar es el que tiene estas cosas para otorgárnoslas y nos invita a pedírselas, es la mejor garantía posible de que nuestra solicitud será aceptada y nos será concedido lo que pidamos.

Pero ¿cómo podemos comprar estas cosas? Exactamente como conseguimos las otras gracias del Evangelio. "A todos los sedientos: Venid a las aguas; y los que no tienen dinero, venid, comprad, y comed. Venid, comprad, sin dinero y sin precio, vino y leche." (Isaías 55:1.) Podemos comprar así con tan sólo pedir; comprar desechando las cosas sin valor de la tierra y recibiendo en su lugar los tesoros inestimables, comprar yendo simplemente a Cristo y recibiendo, comprar sin dar nada en compensación. ¿Qué compramos en estas condiciones misericordiosas? Pan que no perece, vestidura inmaculada que no se ensucia, riquezas que no se corrompen, y una herencia que no se marchita. ¡Extraña transacción es ésta! Sin embargo, el Señor condesciende a tratar así con su pueblo. Podría obligarnos a presentarnos como mendigos; pero en vez de eso nos da los tesoros de su gracia, y en retribución recibe nuestra indignidad, a fin de que podamos recibir las bendiciones que él tiene para darnos, no como pitanzas que se dan a los mendigos, sino como posesiones legítimas de una compra honorable. Las cosas que se han de obtener exigen que las notemos en forma especial.

"Oro afinado en fuego." El oro, considerado literalmente, es un sustantivo que abarca todos los bienes y riquezas del mundo. Figurativamente, debe denotar lo que constituye las riquezas espirituales. ¿Qué gracia, pues, representa el oro? Indudablemente no es una sola la gracia que responde al sentido completo de ese término. El Señor dijo a la iglesia de Smirna que él conocía su pobreza, pero que era rica. Ese testimonio demuestra que sus riquezas consistían en aquello cuya posesión iban a recibir finalmente sus miembros con la corona de la vida. Dice Santiago:

"Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios los pobres de este mundo, ricos en fe, y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?" (Santiago 2:5.) Y Pablo afirma: "Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven." (Hebreos 11:1.) Ser "rico para con Dios," ricos en el sentido espiritual es tener derecho a las promesas, ser heredero de aquella "herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los ciclos." (1 Pedro 1:4.) "Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente la simiente de Abraham sois, y conforme a la promesa los herederos." (Gálatas 3:29.) ¿Cómo obtenemos esta herencia? De la misma manera que Abrahán obtuvo la promesa, es decir por la fe. (Romanos 4:13,14.)

No es pues extraño que todo el capítulo 11 de los Hebreos se dedique a este asunto importante, y presente las grandes hazañas que se realizaron, y las preciosas promesas que se obtuvieron por la fe. En Hebreos 12:1, nos es dada la gran conclusión del argumento, en la exhortación que se dirige a los cristianos para que desechen todo peso y el pecado (de la incredulidad) que con tanta facilidad los asedia.

No hay cosa que agotará más pronto las fuentes de la espiritualidad y nos hundirá en completa pobreza con referencia a las cosas del reino de Dios, como el dejar que se apague la fe y penetre la incredulidad en el corazón. Para que agrade a los ojos de Dios, toda acción debe ser inspirada por la fe. Al venir a él, lo primero que necesitamos hacer es creer que él existe. Somos salvos por la fe como principal agente de la gracia que es el don de Dios. (Hebreos 11:6; Efesios 2:8.)

De esto se desprende que la fe es el elemento principal de la riqueza espiritual. Pero si, como ya se ha observado, ninguna gracia única puede responder al significado completo del término "oro," es indudable que deben incluirse otras cosas con la fe. "La fe es la sustancia de las cosas que se esperan." De ahí que la esperanza acompañe inseparablemente a la fe. (Hebreos 11:1; Romanos 8:24, 25.) Pablo nos dice, además, que la fe obra por amor, y nos habla en otro lugar de ser "ricos en buenas obras." (Gálatas 5:6; 1 Timoteo 6:18.) Es decir que el amor no puede separarse de la fe. Encontramos por lo tanto que las tres cosas son asociadas por Pablo en 1 de Corintios 13: la fe, la esperanza y la caridad (o amor); pero la mayor es la caridad, que es "rica en buenas obras." Tal es el oro probado por fuego que se nos aconseja que compremos.

"Vestiduras blancas." Acerca de este punto no parece que haya lugar a mucha controversia. Unos pocos pasajes nos proporcionarán la clave para comprender esta expresión. Dice el profeta que "todas nuestras justicias [son] como trapo de inmundicia." (Isaías 64:6.) Se nos aconseja que compremos lo opuesto de los trapos de inmundicia, a saber una vestidura completa y sin mancha. Se emplea la misma figura en Zacarías 3:3, 4, y Juan, en Apocalipsis 19:8, dice claramente que "el lino fino son las justificaciones de los santos."
El colirio Es más fácil que haya diversidad de opinión en. cuanto al colirio que con respecto a la vestidura blanca. El ungimiento de los ojos no se ha de tomar ciertamente en sentido literal, porque se alude aquí a cosas espirituales. El colirio debe denotar algo que vivifique nuestro discernimiento espiritual. La Palabra de Dios nos revela un solo agente que realice esto, a saber el Espíritu Santo. En Hechos 10:38, leemos que en "cuanto a Jesús de Nazaret; . . . le ungió Dios de Espíritu Santo." El mismo autor que nos transmitió la revelación de Jesucristo que estamos estudiando, escribió como sigue a la iglesia en su primera epístola:

"Mas vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas. . . . Pero la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como la unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira, así como os ha enseñado, perseveraréis en él." (1 Juan 2:20, 27.) Si recurrimos a su Evangelio, descubrimos que la obra que Juan presenta aquí como realizada por la unción es exactamente la misma que allí atribuye al Espíritu Santo. "El Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho." (Juan 14:26. Véase también Juan 16:13.)

El Testigo fiel y verdadero nos aconseja pues formal y solemnemente, bajo las figuras del oro, la vestidura blanca y el colirio, que procuremos de él un incremento de las gracias celestiales de la fe, la esperanza y la caridad, la justicia que él solo puede dar, y una unción del Espíritu Santo. Pero ¿cómo es posible que un pueblo carente de estas cosas se considere rico? Puede hacerse una deducción posible y tal vez necesaria, pues no cabe otra. Se observará que los laodicenses no son censurados por las doctrinas que sostienen. No se los acusa de albergar a Jezabel en su medio, ni de tolerar las doctrinas de Balaam o de los Nicolaítas. Por cuanto sepamos, su creencia es correcta, y sana su doctrina.

La deducción que se hace, por lo tanto, es que se conforman con tener una doctrina correcta. Se quedan satisfechos con una forma correcta de religión, sin la eficacia de ella. Habiendo recibido la luz acerca de los acontecimientos finales de la era evangélica, y teniendo un conocimiento teórico correcto de las verdades destinadas a la última generación humana, se inclinan a confiar en esto y descuidan el poder espiritual que cambia la vida y forma un carácter enérgico. Por sus acciones, indudablemente, no por sus palabras, se declaran ricos. Teniendo tanta luz y tanta verdad, ¿qué más pueden necesitar? ¿No está completa su justicia, con tal que defiendan la teoría y en su vida exterior se conformen al aumento de luz que han recibido sobre los mandamientos de Dios y la fe de Jesús? ¿No son acaso ricos y no tienen necesidad de nada? En esto estriba su fracaso. Todo su ser debiera clamar por el espíritu, el celo, el fervor, la vida y el poder del cristianismo vivo.

La prueba del amor Por extraño que parezca, el castigo es la prueba del amor. "Yo reprendo y castigo a todos los que amo." Si somos sin castigo, no somos hijos. (Hebreos 12:8.) Dice Augusto C. Thompson: "Aquí se presenta una ley general de su misericordiosa economía. . . . Como en cierta medida todos necesitan castigo, todos lo reciben en cierta medida, y así tienen pruebas del afecto del Salvador. Esta es una lección difícil de aprender, y los creyentes son alumnos tardos; sin embargo hay aquí y allá en toda la Palabra de Dios y su providencia, demostraciones de que las pruebas son bendiciones suyas, y de que ningún hijo escapa a la vara. Los bloques incorregiblemente mal formados y de grosera contextura son retocados, mientras que los escogidos para la gloriosa estructura son sometidos al cincel y el martillo. No hay en la vid verdadera racimo que no deba pasar por el lagar. 'Por mi parte–dijo un antiguo teólogo en gran aflicción,–bendigo a Dios porque en esta airada dispensación suya he observado y sentido tanta misericordia que estoy casi transportado. Me agrada por cierto pensar en cuán infinitamente dulces serán sus misericordias, cuando son tan misericordiosos sus juicios.' Por lo tanto, en vista del origen y designio de los castigos que recibes; 'Sé pues celoso, y arrepiéntete.' No pierdas tiempo; no pierdas un solo golpe de la vara, sino arrepiéntete en seguida. Sé ferviente en espíritu. Esta es la primera aplicación del estímulo." 1
Sé celoso y arrepiéntete Aunque, como ya lo hemos visto, la condición representada por la frialdad es preferible a la tibieza, no es el estado en el cual nuestro Señor desea encontrarnos. Nunca se nos exhortó a procurar ese estado. Hay otro mucho mejor que se nos aconseja alcanzar; a saber el de ser celosos, fervientes, con corazón ardiente, sirviendo a nuestro Maestro.
Cristo llama a la puerta "Este es el corazón de los corazones–dice Augusto C. Thompson.–A pesar de la actitud ofensiva de ellos y a pesar de su carácter desagradable, siente él tanto amor por sus almas que se humilla a solicitar el privilegio de hacerlas bienaventuradas. 'He aquí, yo estoy a la puerta y llamo.' ¿Por qué llama? No porque esté sin hogar en otra parte. . . . Entre las mansiones de la casa de su Padre no hay una sola entrada cerrada para él. En la gloria, él es la vida de todo corazón, la luz de todo ojo, el canto de toda lengua. Pero él va de puerta en puerta por Laodicea. Se detiene ante cada una y llama, porque vino a buscar y salvar lo que se había perdido, porque no puede renunciar al propósito de comunicar vida eterna a cuantos le haya dado el Padre, y porque no puede ser conocido por los comensales a menos que le abran la puerta y le den la bienvenida. ¿Compraste un terreno, o cinco yuntas de bueyes, y, teniendo el sombrero en la mano, ruegas que se te excuse? El llama y llama. Pero no puedes recibir visitas ahora; te ha dejado agotado tu trabajo; te has acomodado en el sofá, y mandas decir que estás ocupado. El llama y llama. . . . Es la hora de la reunión de oración . . . o tienes oportunidad de hacer una visita cristiana a una persona o a una familia; pero no te mueves. . . . ¡Oh nauseabunda tibieza! ¡Oh fatal mundanalidad! El Señor de la gloria recorre todo el trayecto desde su palacio celestial, viene con pobreza, sudor y sangre, a la puerta de quien profesa ser su amigo, que se lo debe todo, y no puede entrar. Viene a rescatar un hombre cuya casa está incendiada, y él no quiere darle entrada. ¡Oh cuánta altura y profundidad tiene la paciencia de Jesucristo! Hasta el pagano Publio recibió a Pablo, y lo alojó cortésmente tres días. ¿Dirán los cristianos nominales al Señor de los apóstoles que no tienen lugar para él?" 2
"Si alguno oyere mi voz." El Señor ruega, pues, mientras llama. La palabra "si" implica que algunos no querrán oír. Aunque él está a la puerta y llama, algunos cerrarán sus oídos para no oír sus tiernas súplicas. Pero no basta oír simplemente. Debemos abrir la puerta. Muchos de los que al principio oyen su voz, y por un tiempo se sienten inclinados a escucharla, dejan finalmente de hacer lo que es necesario para asegurarse la comunión del Huésped celestial.

Lector, ¿prestas tú oído a las súplicas que el Salvador te dirige? ¿Es su voz bienvenida para ti? ¿Le prestarás atención? ¿Le abrirás la puerta y le dejarás entrar? ¿O está la puerta de tu corazón cerrada por montones de escorias de este mundo que no estás dispuesto a sacar? Recuerda que el Señor de la vida no fuerza nunca la entrada. Condesciende a venir y llamar, y procura ser aceptado; pero establece su morada tan sólo en aquellos corazones que lo reciben como huésped bienvenido, y lo invitan como tal.

Luego viene la promesa "Entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo." ¡Cuán enérgica y conmovedora es la figura! ¡Un amigo participa con otro de una comida alegre y sociable! Los dos espíritus sostienen una conversación libre e íntima. ¡Qué festín debe ser tener al Rey de gloria como huésped! [No es una unión común, ni una bendición ordinaria o un privilegio usual lo que denota este lenguaje! ¿Quién puede permanecer indiferente frente a tan tierna súplica y tan misericordiosa promesa?

Ni siquiera se nos pide que pongamos la mesa para ese Huésped exaltado. De esto se encarga él mismo, no con el alimento grosero de la tierra, sino con viandas de su propio alfolí celestial. Nos ofrece gustos anticipados de la gloria que pronto revelará. Nos da arras de nuestra herencia futura, que es incorruptible, incontaminada e inmarcesible. En verdad, cuando cumplamos las condiciones y recibamos esta promesa, experimentaremos el nacimiento del lucero de la mañana en nuestros corazones, y contemplaremos el alba de una gloriosa mañana para la iglesia de Dios.

La promesa al vencedor El Señor hace la promesa de cenar con sus discípulos antes de expresar la promesa final al vencedor. Esto demuestra que las bendiciones incluídas en esa promesa se han de disfrutar durante el tiempo de gracia y prueba. Ahora se añade a todas las demás promesas ésta dirigida al vencedor: "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono; así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono." Con esto culminan las promesas del Señor. Después de haber sido al principio rebelde, luego caído, degradado y contaminado, el hombre es reconciliado con Dios por la obra del Redentor. Es purificado de sus contaminaciones, redimido de la caída, hecho inmortal y finalmente elevado a un sitio sobre el trono de su Salvador. No pueden ir más lejos los honores ni la exaltación. Las mentes humanas no pueden concebir ese estado, ni puede describirlo su lenguaje. Tan sólo podemos seguir trabajando hasta que, si vencemos, sepamos lo que es.

En este versículo no hay solamente una promesa gloriosa, sino también una doctrina importante. Se nos enseña aquí que Cristo reina consecutivamente en dos tronos. El uno es el trono de su Padre, el otro es su propio trono. En este versículo declara que él venció y está ahora sentado con su Padre en su trono. Está ahora asociado con el Padre en el trono del dominio universal, y se halla a la diestra de él, muy por encima de todo principado, potestad y dominio. (Efesios 1:20-22.) Mientras está allí, es sacerdote-rey. Es sacerdote, "ministro del santuario;" pero al mismo tiempo está "a la diestra del trono de la Majestad en los cielos." (Hebreos 8:1, 2.) Este puesto y esta obra de nuestro Señor fueron así predichos por el profeta Zacarías: "Y le hablarás, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos [Dios], diciendo: He aquí el varón cuyo nombre es Pimpollo [Cristo], el cual germinará de su lugar, y edificará el templo de Jehová. . . . El [Cristo] llevará gloria, y se sentará y dominará en su trono [de Dios], y será sacerdote en su solio [de Dios]; y consejo de paz [en el sacrificio y la obra sacerdotal de Cristo en favor del hombre arrepentido] será entre ambos a dos." (Zacarías 6:12, 13.)

Pero llega el momento en que deberá cambiar de posición, y dejando el trono de su Padre asumirá el suyo propio. Esto sucederá cuando llegue el momento de dar la recompensa a los vencedores, porque cuando ellos la reciban se sentarán con Cristo en su trono, como él venció y está ahora sentado con el Padre en su trono. Pablo presenta así este cambio en la posición de Cristo:

"Luego el fin; cuando entregará el reino a Dios y al Padre, cuando habrá quitado todo imperio, y toda potencia y potestad. Porque es menester que él reine, hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será deshecho, será la muerte. Porque todas las cosas sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice: Todas las cosas son sujetadas a él, claro está exceptuado aquel que sujetó a él todas las cosas. Mas luego que todas las cosas le fueren sujetas, entonces también el mismo Hijo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todas las cosas en todos." (1 Corintios 15:24-28.)

Las verdades enseñadas en este pasaje pueden expresarse brevemente en una paráfrasis, si se da en cada caso, en vez de los pronombres, los substantivos a los cuales se refieren respectivamente, así:

"Entonces viene el fin (de la era actual), cuando Cristo habrá entregado el reino (que ahora rige conjuntamente con su Padre) a Dios, a saber al Padre; cuando Dios abata todo imperio, toda potencia y potestad (que se opone a la obra del Hijo). Porque Cristo debe reinar (en el trono de su Padre) hasta que el Padre ponga todos los enemigos de Cristo debajo de los pies de éste. [Véase Salmo 110:1 El último enemigo que será destruido es la muerte. Porque Dios (entonces) habrá puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo. Pero cuando Dios dice: Todas las cosas se sujeten a Cristo (y él inicie su reinado sobre su propio trono), es manifiesto que Dios queda exceptuado, pues él es quien puso todas las cosas bajo Cristo. Y cuando todas las cosas hayan sido subyugadas a Cristo, entonces se sujetará Cristo mismo a Dios que puso todas las cosas bajo él, a fin de que Dios sea todo en todos."

De esto se desprende que el reino que Cristo entrega al Padre es el que rige actualmente sobre el trono de su Padre, donde, se nos dice, está sentado ahora. Entrega este reino al finalizar su mediación sacerdotal, cuando llega el momento de asumir su propio trono. Después de esto reina en el trono de su Padre David, y está sujeto tan sólo a Dios, que conserva su posición en el trono del dominio universal. Los santos participan en este reinado de Cristo. "Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono." "Y vivieron–dice Juan–y reinaron con Cristo mil años." (Apocalipsis 20:4.) Entendemos que éste es un reinado especial, o con un fin especial, como se notará en aquel capítulo 20, porque el reinado real de los santos ha de ser para siempre jamás. (Daniel 7:18, 27.) ¿Cómo puede alguna atracción terrenal desviar nuestra mirada de esta perspectiva eterna y celestial?


1 Augusto C. Thompson, "Morning Hours in Patmos," págs. 260, 261.

2 Id., págs. 261-264.

Así terminan los mensajes a las siete iglesias. ¡Cuán directo y escrutador es su testimonio! ¡Qué lecciones contienen para todos los creyentes de todas las edades! Es tan cierto con respecto a la última iglesia como acerca de la primera, que todas sus obras son conocidas para el que anda en medio de los siete candeleros de oro. Nada puede ocultarse a su mirada escudriñadora. Aunque son pavorosas sus amenazas a los hipócritas y obradores de iniquidad, como bien pueden serlo en justicia, ¡cuán amplias, consoladoras, misericordiosas y gloriosas son sus promesas a los que le aman y le siguen con corazón sincero!

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